Esta entrada es de prueba, no es necesario que la lea. Sin embargo, si
acaso la curiosidad le ha ganado y empezó a leer, si acaso sigue leyendo a
pesar de no haber encontrado sustancialmente nada interesante más que esta
perorata que claramente no va a llevar a nada, debe saber que: ha leído
cincuenta y ocho palabras, ha invertido aproximadamente treinta segundos de su
vida en ello, no recuerde cuales eran las primeras cinco palabras.
Si llego hasta acá (si, esto tiene un segundo párrafo) sepa que usted me
cae bien, la gente que lee por el simple placer de leer me agrada. Siento que
la lectura no está bien vista.
Piénselo así: uno puede en una reunión estar viendo el celular y es
mayormente bien visto, incluso puede ver la tele, que suele estar de fondo como
si fuese un invitado más. Pero si en vez de una pantalla uno agarra un libro ya
te miran mal y uno es víctima de miles de reclamos.
La lectura es una proscripta, las personas que leen no deberían ir
paradas en los colectivos, tendrían que tener prioridad, como los viejos y las
embarazadas. Porque nosotros disfrutamos de ese viaje, sabemos aprovechar cada
minuto de una fila o espera en el banco. Nuestras esperas son oportunidades de
irnos al carajo, visitar un mundo diferente (muchas veces peor que el nuestro),
acompañar a ese personaje que tanto nos fascina, que entendemos, que amamos u
odiamos. Seres que estamos seguros que existen en algún mundo paralelo, que
suelen darnos broncas enormes y tristezas profundas.
Bueno, eso. Puede seguir con su vida, y si acaso eso significa seguir
leyendo mis letras, sepa que tiene mi agradecimiento, aunque no reciba una
cartita mía de navidad.

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